Roma eterna: crónica de un viaje que me reconectó con la historia y conmigo mismo

Llegar a Roma no es como llegar a una ciudad. Es como entrar en un recuerdo universal que, sin saberlo, ya llevabas dentro. Apenas sales de la estación Termini, el aire huele a historia, a pizza recién horneada y a motonetas que zumban con la prisa despreocupada de los romanos. Todo es caótico, pero hermoso. Como si el desorden fuera parte del arte.

El primer día caminé sin rumbo fijo, siguiendo la brújula de la intuición. Fue así como tropecé —literalmente— con mi primera sorpresa: una fuente escondida entre edificios desalineados donde un gato romano, enorme y solemne, dormía sobre una lápida antigua. Un anciano me explicó que esa fuente databa de la época del Imperio y que los gatos eran “los verdaderos dueños de Roma”. Lo dijo riendo, con un acento encantador y los ojos brillantes de quien ha visto pasar siglos por la ventana.

Esa es Roma: un lugar donde el pasado no es pasado, sino parte del presente.

Recuerdo la primera vez que vi el Coliseo. Me quedé mudo. No por su tamaño, sino por lo que imaginé que había sucedido ahí. Cerré los ojos y sentí los gritos, la arena, el rugido del pueblo. A unos pasos, un vendedor ambulante trató de venderme una corona de laurel de plástico, diciéndome: “Para que te sientas César, ma che vuoi di più?” Le compré una. Caminé con ella unas cuadras. Roma te da licencia para sentirte un personaje de su historia.

Uno de los momentos más surrealistas lo viví en la Fontana di Trevi. La visité de noche, cuando el bullicio se había calmado. Mientras lanzaba mi moneda de espaldas —como manda la tradición—, una pareja de recién casados me pidió que los fotografiara. Eran japoneses, hablaban poco inglés, pero se notaban profundamente enamorados. Después, con gestos, me invitaron a brindar con ellos. Sacaron una botellita de prosecco que llevaban en la mochila. Bebimos los tres, en silencio, con el sonido del agua como música de fondo. Me sentí parte de algo inesperado y hermoso.

Roma también se ríe contigo. Como cuando pedí “una pizza pequeña para llevar” en el Trastevere y el cocinero, sin dejar de amasar, me gritó: “¡Aquí no hacemos cosas pequeñas, solo cosas buenas!” Me entregó una pizza del tamaño de mi torso. Me la comí sentado en las escalinatas de una iglesia barroca mientras un grupo de estudiantes tocaba jazz con un saxofón, un contrabajo y una flauta travesera. Esa mezcla de sabores, sonidos y sensaciones no la olvidaré jamás.

Un día subí al Gianicolo para ver el atardecer sobre la ciudad. Roma se encendía en tonos dorados y naranjas, como si cada domo y cada estatua supiera que estaba siendo contemplada. Cerré los ojos y escuché a la ciudad respirar. Era como si me dijera: “No tengas prisa. Yo he estado aquí durante siglos. Y aún así, cada día soy nueva.”

Roma no solo me mostró ruinas, arte y arquitectura. Me mostró que el tiempo no es lineal. Que el pasado puede abrazarte, que los días pueden estar hechos de historia y que uno también puede encontrarse a sí mismo entre columnas caídas y calles adoquinadas.


Roma no se visita, se siente

Volví con tierra en los zapatos, monedas en los bolsillos y una nueva certeza: Roma no es un destino, es una experiencia que te transforma. Hay ciudades que se olvidan con el tiempo. Roma, en cambio, se convierte en parte de tu memoria más íntima. Porque en sus plazas, sus ruinas y sus gestos cotidianos, hay una lección silenciosa: la belleza está en lo imperfecto, en lo eterno, en lo vivido.


¿Estás planeando un viaje a Roma?

No intentes solo ver todo. Intenta sentirlo todo. Porque Roma no es solo historia: es alma, caos, arte… y algo que no sabrás describir, pero que querrás volver a buscar.

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