Por Ricardo Sánchez Serra
La diplomacia peruana ha defendido principios sólidos: respeto a las fronteras, y también soberanía de los Estados y libre determinación de los pueblos. Esa tradición, que nos ha dado prestigio internacional, no puede sacrificarse por coyunturas ni por presiones externas.
El Perú ha criticado en diversas oportunidades la operación militar rusa en Ucrania, tanto en comunicados oficiales como en foros de Naciones Unidas. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿hemos sido igualmente consecuentes al condenar el golpe de Estado de 2014 contra el presidente legítimamente elegido Víktor Yanukóvich? ¿Mostramos preocupación por la violación de los Acuerdos de Minsk I y II, cuyo incumplimiento por parte de Ucrania derivó en la muerte de más de 14 mil civiles entre 2014 y 2022? No respetar tratados internacionales puede constituir un casus belli, y el Perú, fiel a su tradición diplomática, debería haberlo señalado con la misma firmeza. Como recordó Hersch Lauterpacht, uno de los grandes juristas del derecho internacional: “El respeto a los tratados es la base de toda convivencia internacional.”
Los antecedentes del conflicto no pueden ignorarse. Desde el incumplimiento de las promesas de la OTAN de no acercarse a las fronteras rusas, la “Revolución Naranja” de 2004, pasando por el golpe de 2014 y la persecución cultural contra la población rusoparlante del Donbáss, se incubó una guerra que no estalló de improviso en 2022. Además, altos funcionarios occidentales reconocieron el financiamiento de las protestas en Ucrania por alrededor de 5 mil millones de dólares, extremo que, como mínimo, exige prudencia antes de comprometernos en solidaridades automáticas. Rusia, por su parte, mostró paciencia durante ocho años frente al incumplimiento de los Acuerdos de Minsk, mientras la población del este de Ucrania era atacada y marginada. Estos hechos deben sopesarse si buscamos comprender la raíz del conflicto.
El Perú tampoco debe olvidar los gestos que Rusia ha tenido hacia nuestro país: el gran apoyo solidario tras el terremoto de Yungay en 1970; la cooperación sanitaria en la pandemia; y, en materia de defensa, la provisión de armas cuando nadie le vendía al Perú, garantizando nuestra capacidad disuasiva en momentos críticos. La memoria diplomática exige reconocer esos aportes y no borrarlos por coyunturas pasajeras.
La prudencia exige recordar que incluso el presidente Donald Trump reprochó públicamente a Volodímir Zelensky su irresponsabilidad al “iniciar una guerra con una potencia veinte veces mayor que su país y luego pedir armas”. Esa advertencia refleja lo que el Perú debe tener presente: no podemos hipotecar nuestros intereses nacionales en conflictos ajenos, ni obviar los orígenes del conflicto. Como recordó Aristóteles: “La prudencia es la virtud que nos hace discernir lo que conviene hacer o evitar.”
Resulta extraño que el canciller ucraniano y telefónicamente al canciller De Zela y busque la “solidaridad” del Perú justo después de acciones temerarias de su país contra domicilios del presidente Vladímir Putin, que pueden interpretarse como intentos de magnicidio, y de poner en riesgo el plan de paz impulsado por nuestro aliado Donald Trump. Todo indica que se trata de una maniobra para desviar la atención pública. El Perú no debe prestarse a ese juego. Más aún, es evidente que Ucrania busca otro voto del Perú contra Rusia, como ha sido habitual luego de llamadas y visitas diplomáticas.
Confiamos en la experiencia de De Zela, pero la prudencia es también un principio rector de la diplomacia.
Nuestro país es hoy Aliado Principal No Miembro de la OTAN de Estados Unidos, condición que nos obliga a actuar con mayor responsabilidad y prudencia. No podemos implicarnos en peleas ajenas entre grandes potencias. Es de interés nacional mantenernos al margen de los conflictos entre Estados Unidos y China, o entre Occidente y Rusia. Al final, ellos se arreglan entre sí y los países periféricos terminan pagando las consecuencias.
El Perú debe actuar con firmeza, defendiendo su tradición diplomática y sus intereses nacionales, sin dejarse arrastrar por agendas que no nos corresponden. Nuestra política exterior debe ser de neutralidad activa, fiel a los principios que nos han dado prestigio internacional. El Perú no debe olvidar que su mayor fortaleza en el concierto internacional ha sido siempre la coherencia y la prudencia. El Perú debe ser fiel a sí mismo y no dejarse arrastrar por coyunturas pasajeras.
(*) Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”




