Por Berit Knudsen / Del adoctrinamiento universitario a la manipulación en redes

Por Berit Knudsen

Durante un programa dedicado a analizar el “adoctrinamiento universitario”, la crisis del pensamiento crítico, la expansión del progresismo identitario y la pérdida de debate en los espacios académicos ocurrió algo insólito. El propósito era examinar cómo ciertas corrientes ideológicas se incuban en las universidades, infiltrándose luego en escuelas y espacios públicos. Pero la inadvertida aparición de un segundo invitado desvió el sentido de la conversación.

Sus primeras afirmaciones reproducían un patrón común en el ecosistema digital: referencias sueltas, sospechas generalizadas sobre organismos multilaterales, usando “cherry picking”. Este mecanismo sirve para seleccionar solo aquellos datos que confirman y refuerzan ciertas creencias, ignorando o suprimiendo deliberadamente todo aquello que las contradiga. Este recurso es usado con frecuencia por los extremos políticos de izquierda y derecha, ya que permite transformar realidades complejas en relatos sesgados, emocionalmente satisfactorios.

Pero pronto su discurso fue mucho más lejos, afirmando que “Hay que atacar ese Dios hebreo, motor metafísico del mundo globalizado”. O que “la ONU es una entidad comunista encargada de judaizar a la humanidad”. La narrativa dejó de ser una retórica exagerada para convertirse en antisemitismo explícito. No era una crítica al sistema internacional, era neonazismo disfrazado de análisis cultural.

Una búsqueda posterior confirmó lo evidente: el invitado era un activista neonazi, reivindicador de Hitler, negacionista del Holocausto, difusor del revisionismo histórico y usuario de simbología estilizada asociada al nazismo. Su estrategia consistía en camuflar ese ideario tras un lenguaje pseudoacadémico, mezclando conceptos en forma desarticulada para proyectar apariencia de profundidad.

El debate sigue radicalizándose con niveles inéditos, especialmente en un contexto global marcado por las guerras en Oriente Medio. Ello debería obligarnos a distinguir entre reclamos legítimos –abusos de colonos, situación crítica en Gaza, opresión interna bajo Hamás o la brutal respuesta militar israelí– y lecturas absolutas que reducen las complejidades del conflicto a consignas morales. Incluso distinguir las posturas de sectores duros de la derecha israelí, aunque distintos del neonazismo, que rechazan cualquier opción de solución de dos Estados, alimentando la polarización regional y global.

La ausencia de matices abre el terreno a un fenómeno estudiado en ciencia política: los polos opuestos del espectro como la extrema izquierda identitaria y la extrema derecha neonazi coinciden en sus narrativas reduccionistas. Es lo que algunos autores describen como la “teoría de la herradura”: dinámica en la que los extremos, pese a sus diferencias, se tocan en los bordes, en medio del antagonismo absoluto: realidades simplificadas y un enemigo común sobre el cual proyectar su causa. La convergencia no implica que compartan objetivos, comparten métodos: simplificación, selección parcial de hechos y construcción de identidades totales.

Este punto ciego explica por qué una causa extrema, movida por una indignación genuina, pero con escaso análisis y sin matices, amplifica narrativas que son aprovechadas por agendas radicales de izquierda y derecha. No porque compartan una ideología, sino porque construyen un marco narrativo estructuralmente similar: se elimina el contexto, se sustituye la complejidad por una moral absoluta, señalando a un grupo como culpable colectivo. En este terreno el discurso extremista se infiltra sin resistencia.

Lo ocurrido en esa entrevista no fue accidental. Fue la demostración de cómo movimientos radicales buscan infiltrarse en espacios democráticos, intentan apropiarse de conceptos legítimos, e irrumpen en debates serios. Muestra cómo la polarización, sin matices, permite que ideas peligrosas reaparezcan con nuevas fachadas. La defensa del pensamiento crítico no se limita a las aulas: exige reconocer estos mecanismos allí donde surgen, evitando que se normalicen.

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