Por Luis De Stefano Beltrán, PhD y Ernesto Bustamante, PhD / Identidad nacional incompleta

Por Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**)

El reciente ‘conflicto fronterizo’ entre Moquegua y Tacna -originado por la aprobación de una autógrafa de ley en el Congreso y su posterior observación por el Ejecutivo- no es un hecho anecdótico aislado. Más bien, expresa una fractura más profunda: la construcción de una identidad nacional en el Perú sigue incompleta. Lo que parece una disputa técnica por límites territoriales y canon minero revela, en realidad, la fuerza de identidades regionales arraigadas que compiten con la lealtad al país en su conjunto.

En La Tercera Ola (1980), Alvin Toffler sostiene que el nacionalismo y el Estado-nación moderno son propios de las sociedades industriales, a las que denomina la “segunda ola”. En las sociedades agrarias de la “primera ola”, la vida era fragmentada y local: las personas vivían en comunidades aisladas, consumían lo que producían y orientaban su fidelidad hacia el feudo, la tribu, el pueblo o el poder local, sin desarrollar una conciencia nacional común. Para Toffler, el sentido de nación surge plenamente con la industrialización, que requiere mercados integrados, un marco jurídico uniforme, una moneda común y autoridades políticas centralizadas.

Esta tesis encuentra respaldo en autores centrales de la teoría del nacionalismo. Ernest Gellner sostiene que el nacionalismo no es un sentimiento ancestral, sino una exigencia funcional de la sociedad industrial, que necesita homogeneidad cultural para operar en economías complejas y móviles. En las sociedades agrarias existen diferencias culturales, pero estas no suelen transformarse en identidades nacionales politizadas. Benedict Anderson complementa esta perspectiva al definir la nación como una comunidad imaginada: aunque sus miembros nunca lleguen a conocerse personalmente, se reconocen como parte de un mismo “nosotros” gracias al capitalismo de imprenta. La expansión de libros y periódicos hizo posible la formación de comunidades lingüísticas estables, base de las identidades nacionales desde el siglo XVIII. Eric Hobsbawm, por su parte, subraya que las naciones son construcciones impulsadas desde arriba por élites políticas y económicas, y que el nacionalismo moderno es una invención del siglo XIX vinculada al capitalismo industrial y a la necesidad de cohesión en sociedades en transformación.

Frente a estas perspectivas modernistas, Anthony D. Smith plantea una crítica más matizada. Aunque acepta que el nacionalismo político es un fenómeno moderno, sostiene que las naciones se apoyan en ethnies: comunidades étnicas premodernas con mitos, símbolos y memorias compartidas. Desde esta mirada, la industrialización no crea las naciones desde cero, sino que reelabora esas bases previas y las proyecta políticamente.

Aplicados al Perú, estos conceptos permiten entender mejor el conflicto Moquegua-Tacna. La industrialización peruana ha sido desigual y se ha concentrado sobre todo en Lima y la costa, mientras amplias zonas andinas y amazónicas han permanecido ligadas a economías tradicionales o extractivas, sin una integración plena. Esta heterogeneidad dificulta la homogeneización cultural y económica que, según Toffler y Gellner, es necesaria para consolidar un sentido nacional. Colombia, en cambio, ha desarrollado una industrialización más descentralizada, con polos productivos en Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga, Barranquilla y Popayán. Esa distribución territorial ha favorecido una integración económica más amplia y una identidad nacional menos fragmentada regionalmente. En el Perú, por el contrario, la concentración limeña y costera refuerza la percepción de que “el centro” concentra los beneficios, mientras las regiones defienden sus recursos con mayor intensidad.

Otro factor clave es el papel de las universidades. En Alemania, especialmente después de la reforma humboldtiana del siglo XIX, estas instituciones fueron decisivas en la construcción de la identidad nacional. Mediante la investigación histórica, la estandarización lingüística, la formación de élites y el ideal de Bildung -formación integral-, ayudaron a forjar una conciencia nacional compartida en un país que llegó relativamente tarde al Estado-nación moderno. En el Perú, en cambio, las universidades han tenido un papel más limitado y fragmentado. Salvo excepciones, han privilegiado la formación profesional sobre la reflexión sistemática acerca de la nación y, en muchos casos, han reproducido antes que superado las divisiones regionales y sociales. El conflicto Moquegua-Tacna muestra que, sin una integración más equilibrada y sin instituciones -incluidas las universidades- capaces de formar identidad nacional, las lealtades regionales seguirán prevaleciendo sobre el interés común cuando estén en disputa los recursos.

El gobierno que asumirá a fines de julio enfrenta una oportunidad y una responsabilidad históricas. No bastará con resolver el caso Moquegua-Tacna mediante un diálogo técnico que conduzca a una demarcación consensuada. Será necesario sanear integralmente los límites regionales pendientes, fortalecer la coordinación entre el Ejecutivo, el Congreso y los gobiernos regionales, y promover una política de educación cívica y universitaria que devuelva a las casas de estudio su papel como espacios de construcción de una identidad nacional compartida. También se requiere una estrategia de desarrollo productivo más descentralizada, capaz de reducir la brecha entre la costa y el interior mediante polos industriales y de servicios en las regiones andinas y amazónicas. Solo así podrá avanzarse hacia la homogeneización cultural y económica que Toffler, Gellner y Anderson consideraron fundamento de las naciones modernas. De lo contrario, el Perú seguirá siendo un país de múltiples “nosotros” en competencia, y no un “nosotros” nacional lo bastante sólido para contener las tensiones propias del desarrollo.

(*) Biólogo molecular de plantas y profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia

(**) Biólogo molecular y congresista de la República

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