Hans Behr Lescano
El Perú se encuentra en una etapa crucial de su historia en la que resulta evidente que los problemas y desafíos nacionales no se resuelven sólo desde una perspectiva económica, jurídica o política. La desconfianza ciudadana, la polarización, las brechas culturales y los constantes conflictos sociales, determinan una realidad que es necesario reconocer: enfrentamos una profunda crisis de cohesión social, alimentada por la fragmentación y la desconfianza como por la insuficiente valoración de nuestra diversidad.
Aspiramos a ordenar el país, a fortalecer la gobernabilidad y avanzar hacia un deseado desarrollo tecnológico y de modernidad y debemos reconocer que la cultura no es ornamento ni se constituye en actividades reservadas para determinado estilo o moda social. La cultura como tal, constituye la infraestructura invisible que sostiene la convivencia y la legitimidad del Estado Constitucional.
El conjunto de rasgos distintivos de una sociedad – sus formas de vida, valores, conocimientos, creencias, tradiciones, costumbres, lenguas, expresiones artísticas como patrimonio material e inmaterial – constituye aquello que debería entenderse por cultura y es, desde aquí, el lugar en el que una sociedad construye su cultura, la forma de relacionarse y encuentra las columnas vitales para definir su desarrollo.
En el Perú, la cultura adquiere una relevancia y trascendencia estratégica. La diversidad que posee, para nada es un obstáculo para el desarrollo, es una fortaleza y, por ello, el Estado debe ser capaz de identificar oportunidades para construir unidad y cohesión. La gastronomía, la arquitectura, las festividades, las lenguas originarias, la música, la medicina tradicional, los conocimientos ancestrales, las técnicas agrícolas, las expresiones religiosas, las artes populares y las múltiples formas de organización social no son únicamente manifestaciones culturales. Son patrimonio vivo, fuentes permanentes de innovación y desarrollo, así como mecanismos mediante los cuales millones de peruanos fortalecen diariamente su identidad y su sentido de pertenencia.
Sin embargo, se han diseñado políticas públicas sin comprender suficientemente esa realidad cultural. Allí donde la diversidad no es comprendida, aparecen la desconfianza, la resistencia al cambio y, muchas veces, los conflictos sociales. Por ello, la cultura debe dejar de ser considerada únicamente desde una perspectiva dogmática. La educación, la salud, la seguridad, la resolución de los conflictos, el desarrollo económico, la gestión ambiental, el ordenamiento territorial y las políticas sociales requieren incorporar un enfoque intercultural que permita comprender mejor las distintas realidades pluri y multi culturales de nuestro país y que permitan el desarrollo sostenible.
Así, la cultura representa la extraordinaria oportunidad para el crecimiento económico. Las industrias culturales y creativas, el turismo, la gastronomía, la artesanía, la producción audiovisual, el patrimonio histórico y las expresiones
artísticas generan empleo, dinamizan las economías regionales y fortalecen la competitividad del país. Invertir en cultura no constituye un gasto; representa una inversión inteligente para diversificar la economía y generar valor público.
En esa línea, reconocer el enorme aporte que realizan los pueblos indígenas y las comunidades tradicionales mediante la conservación de conocimientos ancestrales relacionados con la biodiversidad, la gestión sostenible de los recursos naturales y la adaptación frente al cambio climático, constituyen un activo estratégico para el desarrollo nacional y merecen ocupar un lugar central en las políticas públicas. La verdadera inclusión comienza por reconocer plenamente la dignidad de cada persona, respetando su identidad cultural.
El Perú también ha cambiado como consecuencia de la movilidad humana. Hoy convivimos con ciudadanos provenientes de distintas partes del mundo que enriquecen la vida económica, social y cultural, del mismo modo que generaciones anteriores de migrantes japoneses, italianos, alemanes, chinos y de muchas otras nacionalidades contribuyeron decisivamente a construir el país que conocemos. La diversidad nunca ha debilitado nuestra identidad; por el contrario, la ha fortalecido.
Por ello, los discursos que promueven la exclusión o la discriminación no solo desconocen nuestra historia, sino que limitan nuestra capacidad para construir un proyecto nacional compartido. Ha llegado el momento de fortalecer al Ministerio de Cultura y consolidarlo como el articulador de una política nacional de identidad y de cohesión social. Ello implica modernizar su gestión, fortalecer su presencia en las regiones, impulsar las industrias culturales y creativas, proteger nuestro patrimonio y promover las lenguas originarias.
No se trata únicamente de reorganizar una institución. Se trata de comprender que la cultura constituye una herramienta para prevenir conflictos sociales, fortalecer la confianza entre el Estado y la ciudadanía, consolidar la gobernabilidad democrática y generar desarrollo sostenible.
Escuché durante la campaña electoral una frase que comparto plenamente: “vamos a ordenar el país” y, desde mi perspectiva, significa más que reorganizar una estructura administrativa, es reconstruir la confianza entre los peruanos, fortaleciendo nuestra identidad y enseñar a comprender que ninguna reforma será sostenible si no incorpora la dimensión cultural del desarrollo.
El Perú necesita menos confrontación; menos prejuicios y más reconocimiento; menos fragmentación y más identidad compartida. Si realmente queremos construir un país próspero y unido, ha llegado el momento de asumir, con decisión y visión de Estado, que la cultura debe ocupar el lugar estratégico que siempre debió tener.
Ha llegado el momento de reconocer que nuestra riqueza no reposa únicamente en los recursos naturales sino en la extraordinaria diversidad que proyecta nuestra gente que culturalmente cohesionada será el principal motor de desarrollo. Es el momento, al toro por las astas porque la cultura no sólo administra el pasado, sino construye el futuro.
(*) Antropólogo




