Por Sun-tae Park / Prepararse para la era de la Inteligencia Artificial: una reflexión desde la experiencia de Corea para el futuro del Perú

Por Sun-tae Park

La historia demuestra que ninguna nación alcanza el desarrollo copiando exactamente el modelo de otra. Cada país posee una trayectoria propia, determinada por su historia, su cultura, sus instituciones y su realidad económica. Sin embargo, observar cómo otras sociedades enfrentan los desafíos de su tiempo puede ofrecer perspectivas valiosas para diseñar un camino propio. Ese es el propósito de estas líneas: compartir la experiencia reciente de Corea del Sur no como una receta, sino como un caso de estudio que pueda enriquecer la reflexión sobre el futuro del Perú.

El mundo está entrando en una nueva etapa de transformación acelerada. La inteligencia artificial está modificando la forma de producir, invertir, investigar, educar y gobernar. En esta nueva era, la verdadera ventaja competitiva de los países ya no dependerá únicamente de la disponibilidad de recursos naturales, sino de la rapidez con que sean capaces de adaptarse a un entorno tecnológico que cambia a una velocidad sin precedentes. La innovación ha dejado de ser una opción para convertirse en una condición indispensable para el desarrollo.

Durante mis veintisiete años de servicio diplomático en América Latina escuché innumerables veces una misma pregunta: «¿Cómo logró Corea del Sur un desarrollo económico tan acelerado?». Durante mucho tiempo respondí hablando de educación, industrialización, disciplina o apertura económica. Sin embargo, con el paso de los años comprendí que el verdadero factor diferenciador era otro. Lo que determina el futuro de una nación no son únicamente sus planes de desarrollo, sino la capacidad del Estado para ejecutarlos de manera eficiente, coordinada y sostenida.

Con esa convicción, Corea del Sur acaba de poner en marcha una de las estrategias industriales más ambiciosas de su historia. El gobierno y el sector privado han acordado movilizar inversiones del orden de los 4.700 billones de wones (aproximadamente 3,1 billones de dólares estadounidenses) para acelerar la transformación del país hacia la economía de la inteligencia artificial.

Esta estrategia se articula alrededor de tres grandes megaproyectos nacionales: la construcción del mayor clúster mundial de semiconductores de última generación; el desarrollo de una red de centros de datos de gran escala para responder a la creciente demanda de inteligencia artificial; y la creación de nuevos polos tecnológicos dedicados a la robótica avanzada, la industria aeroespacial y la denominada IA Física (Physical AI), que integra la inteligencia artificial con máquinas, robots y sistemas autónomos del mundo real.

Sin embargo, lo que más llama la atención no es la magnitud de la inversión, sino la filosofía que la hace posible. El gobierno coreano no comienza preguntando cuánto invertirán las empresas. Primero se pregunta qué condiciones necesita crear el Estado para que esa inversión sea posible. Por ello asegura con anticipación el suministro de energía eléctrica, agua industrial, infraestructura logística y suelo adecuado; simplifica los procedimientos administrativos, moderniza el marco regulatorio y promueve la formación del talento humano que demandarán las industrias del futuro. En otras palabras, el Estado no sustituye al sector privado; crea las condiciones para que el sector privado pueda invertir con confianza y con una perspectiva de largo plazo.

¿Por qué Corea del Sur demuestra esta capacidad de ejecución? La respuesta no se encuentra en una fórmula mística, sino en una arraigada cultura de alineación estratégica y en un profundo sentido de urgencia compartida. Esta disciplina no es patrimonio exclusivo del gobierno central; se extiende con igual rigor hacia los gobiernos locales. En lugar de atomizar los recursos en una distribución ciega e igualitaria, las regiones coreanas compiten activamente para cumplir de manera proactiva con las condiciones previas que requiere la inversión privada. Los gobiernos locales no esperan a que el capital llegue; se adelantan asegurando la viabilidad de los terrenos, coordinando el suministro de energía limpia y agua industrial, y articulando con las universidades locales la capacitación del talento humano específico. Existe una sintonía perfecta: la política regional se convierte en el brazo ejecutor de la visión nacional.

Esta maquinaria de desarrollo requiere, además, de un engranaje político cohesionado. En el caso coreano, el poder ejecutivo y el parlamento, a pesar de sus naturales discrepancias políticas, operan bajo la premisa de que los motores de crecimiento del país no pueden ser rehenes de la coyuntura electoral. El Congreso actúa con una celeridad ejemplar para legislar los marcos normativos que otorgan predictibilidad jurídica a largo plazo. Cuando el Jefe de Estado reconoce públicamente a los líderes tecnológicos como pilares de la seguridad nacional, no hace un gesto retórico, sino que refrenda un pacto de Estado unificado. En este ecosistema, la confianza se convierte en la infraestructura más sólida de todas.

Al contrastar esta experiencia con la realidad del Perú, el propósito no es sugerir una réplica idéntica, sino identificar aquellos nudos estructurales que el propio país debe desatar bajo sus propias reglas. El Perú actual se define como una sociedad híbrida, donde una rica y compleja herencia cultural convive con instituciones que aún buscan su plena consolidación. Esta naturaleza se refleja nítidamente en una marcada economía informal, un fenómeno que no es causa, sino consecuencia de factores más profundos: la falta de modernización e informatización del catastro nacional y un histórico déficit de infraestructura física, agudizado por una geografía andina tan majestuosa como desafiante. Son estas brechas las que suelen alimentar las divisiones territoriales y una desconfianza social que fragmenta la gobernabilidad.

Es precisamente en este complejo escenario donde la reciente elección de la nueva presidenta constitucional abre una ventana de oportunidad histórica para el Perú. Las grandes expectativas y las lógicas preocupaciones de la ciudadanía convergen hoy ante una gestión que ha manifestado una firme voluntad de restaurar el orden, la estabilidad y la predictibilidad. El verdadero poder transformador de esta determinación radica en su capacidad de canalizar esa energía hacia el fortalecimiento institucional, consolidando un Estado predecible y eficiente que actúe con una alta capacidad de ejecución.

El gran desafío del liderazgo actual del Perú es dirigir esa firmeza hacia una reforma estructural profunda: desmantelar la burocracia que asfixia el emprendimiento, dotar al país de una seguridad jurídica absoluta que trascienda los periodos de gobierno y acelerar la formalización de la economía mediante la digitalización de sus procesos básicos, empezando por la modernización del catastro. La verdadera fuerza de una conducción nacional no se mide solo por la capacidad de contener las crisis del día a día, sino por la audacia de trazar un rumbo común, unificando al país sobre la base de instituciones sólidas y transparentes.

Estoy convencido de que la visión de las nuevas autoridades del Perú no se limita a la simple resolución de las tensiones inmediatas, sino que apunta hacia una transformación estructural y de largo alcance. Frente a horizontes audaces como este, algunos analistas suelen señalar las limitaciones presupuestarias como un obstáculo insalvable. Sin embargo, la experiencia demuestra que el éxito de una estrategia de desarrollo nacional no es, en esencia, una cuestión de dinero. Es un asunto de visión clara, capacidad de ejecución, transparencia institucional y voluntad política. Cuando un Estado garantiza estos pilares y construye un ecosistema predecible para la actividad empresarial, el capital nacional e internacional acude por sí mismo. Es allí donde la inversión real se materializa y se genera una estructura virtuosa de crecimiento sostenible.

Como lo ilustra el caso de Corea, la postura y el rol que asuma el gobierno frente a los desafíos de la modernidad determinan la magnitud de las transformaciones que una nación puede alcanzar. No obstante, en un entorno global tan complejo e interconectado, intentar recorrer este camino de gran transformación en absoluto aislamiento puede resultar sumamente difícil. En tales circunstancias, la sabiduría política radica en comprender que el viaje se hace más seguro y próspero cuando se camina junto a un amigo de confianza. Abrirse al análisis de experiencias compartidas y a la cooperación estratégica con aliados que ya han transitado senderos similares es, sin duda, una decisión pragática y acertada para potenciar el propio destino.

El Perú posee una riqueza estratégica incalculable, un valioso bono demográfico y una resiliencia histórica a toda prueba. Mi  sincera aspiración es que este análisis sirva de inspiración para que los diversos sectores de la sociedad peruana encuentren caminos de concertación, articulándose armónicamente en torno a una estrategia nacional de largo plazo. El porvenir del Perú no tiene límites, y en ese tránsito hacia el futuro, la experiencia de Corea siempre será un referente cercano, valorado desde la hermandad y el profundo respeto.

(*) Ph.D. Exministro de la Embajada de la República de Corea en el Perú. Doctor por la Universidad Complutense de Madrid y doctor honoris causa por la Universidad Nacional de Piura (UNP).

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