Por Bruno de Ayala Bellido / ¿Independencia o nueva dependencia?

Por Bruno de Ayala Bellido

Para entender el proceso de independencia de la América hispana es necesario remontarnos a la invasión napoleónica de la Madre Patria en 1808. Aprovechando el Tratado de Fontainebleau, que autorizaba el ingreso de tropas francesas a territorio español con el pretexto de invadir Portugal, Napoleón terminó ocupando España. Aquella calculada maniobra condujo a la prisión y abdicación de Carlos IV y Fernando VII, dejando en una situación de incertidumbre política a los reinos españoles establecidos en América.

Las guerras napoleónicas, en las que numerosos criollos americanos sirvieron en el ejército español, también forjaron una generación de militares que, una vez concluida la contienda en Europa, regresó a sus tierras de origen influenciada por las ideas de la Ilustración, el liberalismo político y las aspiraciones independentistas.

Con una España ocupada, luchando por recuperar su propia independencia y con escasa capacidad para ejercer autoridad sobre sus dominios ultramarinos, la Constitución de Cádiz de 1812 abrió un nuevo escenario político que muchos en Hispanoamérica interpretaron como la oportunidad para impulsar la emancipación.

En ese contexto aparecieron dos figuras determinantes: Simón Bolívar, en el norte, y José de San Martín, en el sur. Ambos pertenecieron a logias masónicas. Resulta igualmente innegable que Gran Bretaña vio en la independencia de las colonias españolas una extraordinaria oportunidad para expandir su influencia comercial y abrir nuevos mercados para sus manufacturas, sustituyendo progresivamente el monopolio español por una creciente dependencia económica basada en el comercio y el financiamiento externo.

 Este “juego de tronos” histórico el Perú constituía la pieza clave. Alcanzar su independencia era fundamental tanto para las nuevas repúblicas como para las potencias interesadas en reconfigurar el equilibrio de poder en América. Sin embargo, el Perú mostraba un menor entusiasmo por las ideas revolucionarias que otros virreinatos. Su condición de centro político del Imperio español en Sudamérica, sumada a la herencia del Imperio inca y de las grandes culturas prehispánicas, había generado una identidad particular y una estrecha integración con la estructura política virreinal. Ello hacía mucho más complejo el proyecto emancipador.

José de San Martín comprendió esa realidad desde su desembarco en Paracas, en 1820. Durante su Protectorado (1821-1822) propuso que, a diferencia de otras naciones hispanoamericanas, el Perú adoptara una monarquía constitucional como fórmula de transición hacia un régimen representativo. A su juicio, ello permitiría preservar la estabilidad institucional y evitar una ruptura abrupta del orden político existente. Sin embargo, esa propuesta terminó siendo desplazada por el proyecto republicano encabezado por Simón Bolívar.

La célebre entrevista de Guayaquil, realizada en julio de 1822, marcó el retiro de San Martín de la escena política sudamericana y dejó el liderazgo militar de la campaña emancipadora en manos de Bolívar. Con el tiempo, Guayaquil quedó incorporada a la Gran Colombia, una decisión que el Perú cuestionó posteriormente.

Tras la retirada de San Martín, la independencia militar quedó consolidada con las batallas de Junín y Ayacucho en 1824. Sin embargo, para muchos surge una pregunta inevitable: ¿esa independencia significó una auténtica emancipación o el inicio de una nueva dependencia?

La respuesta dependerá de la perspectiva histórica de cada lector. Lo cierto es que las primeras décadas republicanas estuvieron marcadas por la inestabilidad política, los caudillismos militares, las guerras civiles, la crisis económica y la fragilidad institucional. Si alguna vez los peruanos nos preguntamos ¿cuándo se jodio el Peru? algunos responderán que fue precisamente con una independencia precipitada, impulsada por intereses internos y externos que no siempre coincidían con los del Perú.

Es una interpretación polémica, discutible y abierta al debate. Pero esa, precisamente, es la esencia de la historia: confrontar ideas, cuestionar relatos oficiales y analizar el pasado desde distintas perspectivas.

Y esa ya es otra historia.

(*) ANALISTA INTERNACIONAL

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