Por Bruno de Ayala Bellido / España y Marruecos: condenados a entenderse

POR: BRUNO DE AYALA BELLIDO

Cuando se habla de las relaciones entre España y Marruecos, bien podría escribirse una novela de suspenso o un tratado de geopolítica. En ambos casos existiría un elemento común: la permanente tensión. Cooperación, distanciamiento y crisis diplomáticas se han sucedido durante décadas, alimentando una relación marcada por la desconfianza y por el uso de intereses estratégicos como instrumentos de presión.

Los recientes acontecimientos en la ciudad autónoma de Ceuta vuelven a colocar esta compleja relación en el centro del tablero europeo.

Hagamos un poco de historia. Ceuta y Melilla son las dos ciudades autónomas españolas situadas en el norte de África. Ceuta tiene apenas 18,5 kilómetros cuadrados y más de 80.000 habitantes, pero su importancia geopolítica es enorme: se encuentra frente al estrecho de Gibraltar, en uno de los puntos estratégicos del Mediterráneo occidental.

Y aquí conviene hacer una precisión histórica. Ceuta no es española desde 1475. Fue conquistada por Portugal en 1415 y, tras la separación de Portugal de la Monarquía Hispánica, permaneció bajo soberanía española, situación reconocida en el Tratado de Lisboa de 1668. Estamos, por tanto, ante una presencia europea en Ceuta de más de seis siglos.

La crisis migratoria de 2021 ya había demostrado hasta qué punto la frontera podía convertirse en un instrumento de presión diplomática. En mayo de aquel año, alrededor de 8.000 personas entraron en Ceuta desde Marruecos en apenas dos días, después de que las autoridades marroquíes relajaran el control fronterizo. Aquella crisis coincidió con una grave tensión diplomática entre Madrid y Rabat.

El problema vuelve ahora a aparecer con una magnitud extraordinaria. La presión migratoria sobre Ceuta demuestra que Marruecos controla una de las principales puertas de entrada hacia territorio español y, por tanto, hacia la Unión Europea.

Pedro Sánchez y Mohamed VI saben perfectamente que están condenados a entenderse. España necesita a Marruecos para controlar los flujos migratorios, combatir el terrorismo yihadista y garantizar la seguridad del Mediterráneo occidental. Marruecos, por su parte, necesita a España como puerta de entrada al mercado europeo y como interlocutor fundamental dentro de la Unión Europea.

Pero existe una línea que Europa no puede cruzar: permitir que la migración se convierta en un mecanismo permanente de chantaje político.

Sería ingenuo negar que Marruecos ha utilizado en determinadas ocasiones el control fronterizo como herramienta de presión diplomática. Pero también sería irresponsable afirmar que cada crisis migratoria es una operación directamente ordenada por Rabat sin pruebas suficientes.

Lo que sí resulta evidente es que Europa necesita recuperar el control de sus fronteras.

Y aquí debemos hacer una distinción fundamental: inmigración irregular e islamismo radical no son sinónimos. La inmensa mayoría de los musulmanes no son extremistas. Sin embargo, Europa tampoco puede ignorar que las organizaciones yihadistas han intentado aprovechar vacíos de seguridad y procesos de radicalización para penetrar en sociedades occidentales.

La respuesta europea debe ser firme: humanidad con quien necesita protección, integración con quien llega legalmente y tolerancia cero frente al terrorismo, la violencia y quienes pretendan destruir los valores democráticos europeos.

España y Marruecos están condenados a entenderse. La geografía los obliga, el comercio los necesita y la seguridad los vincula.

Pero entenderse no significa que España deba renunciar al control de sus fronteras.

Porque detrás de cada crisis migratoria hay una pregunta mucho más profunda: ¿quién controla realmente las puertas de Europa?

Si Europa pierde el control de sus fronteras, otros terminarán decidiendo quién entra, cuándo entra y bajo qué condiciones.

Y entonces Ceuta dejará de ser solamente una ciudad española en África.

Podría convertirse en el símbolo de una Europa que, por miedo a defender sus fronteras, terminó descubriendo demasiado tarde que las fronteras no solamente protegen territorios: también protegen la libertad.

(*) ANALISTA INTERNACIONAL

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