Por Manolo Fernández D. / La Ivermectina contra el cáncer: apagando la central energética del tumor

Por Manolo Fernández D.

Hay medicamentos que parecen tener más de una vida. La ivermectina nació en los años setenta como un arma contra los parásitos, y su impacto fue tan grande que sus descubridores, William C. Campbell y Satoshi Ōmura, recibieron el Premio Nobel de Medicina en 2015. Cientos de millones de personas la han tomado para combatir la ceguera de los ríos y la filariasis. Hoy, sin embargo, esta molécula barata, conocida y con décadas de uso clínico en humanos protagoniza una historia inesperada; en los laboratorios de oncología se está demostrando que puede golpear a las células cancerosas justo donde más les duele, en su forma de obtener energía.

Una célula cancerosa es, ante todo, una célula con prisa. Se divide sin freno, y cada vez que se divide tiene que fabricar membranas, proteínas y ADN nuevos. Para sostener ese ritmo necesita grandes cantidades de glucosa y de energía, mucho más que sus vecinas sanas. En los años veinte, el bioquímico Otto Warburg observó que los tumores consumen glucosa con voracidad y la fermentan incluso en presencia de oxígeno, un fenómeno que hoy conocemos como efecto Warburg.

Pero la glucosa es solo una parte de la historia. Las mitocondrias, esas pequeñas centrales eléctricas que todas nuestras células llevan dentro, siguen siendo esenciales para los tumores. Producen ATP, la moneda energética de la vida, y además generan los ladrillos químicos con los que la célula construye nuevas estructuras. Esta doble dependencia, de la glucosa y de la mitocondria, convierte al metabolismo tumoral en un punto vulnerable. Si se corta el suministro de glucosa y se sabotea la central eléctrica al mismo tiempo, la célula cancerosa queda literalmente sin combustible. Eso es justamente lo que la ivermectina  hace: Apagar la central eléctrica del tumor

Muchos estudios de laboratorio describen a la ivermectina como un «saboteador energético» que ataca varios frentes a la vez. No actúa sobre una sola diana, sino sobre una cadena de procesos que, uno tras otro, dejan a la célula tumoral sin energía, sin defensas y finalmente sin vida.

Para producir ATP, la mitocondria mantiene una especie de batería cargada en su membrana interna, llamada potencial de membrana mitocondrial. En modelos de cáncer renal, glioblastoma y adenocarcinoma de páncreas, la ivermectina descarga esa batería y reduce la respiración celular. El resultado es una caída marcada del ATP, que depende de la dosis: cuanto más fármaco, menos energía disponible. La célula cancerosa se queda, en sentido literal, sin combustible para mantenerse en pie.

Una mitocondria dañada se parece a un motor que funciona mal que en lugar de energía limpia, despide «humo». Ese humo son las especies reactivas de oxígeno (ROS), moléculas muy agresivas que la ivermectina hace que se acumulen tanto dentro de la mitocondria como en el resto de la célula. Las ROS dañan el ADN y activan las alarmas internas de la célula, en particular la vía ATM/p53, que detiene el ciclo celular. Así ocurre en cáncer colorrectal, de vejiga y de esófago, donde las células cancerígenas quedan frenadas antes de poder dividirse. Un detalle confirma el papel central de la mitocondria: cuando los investigadores añaden un antioxidante, la N-acetilcisteína, buena parte del efecto tóxico desaparece.

La ivermectina también ataca el efecto Warburg. En células de glioma reduce el transportador de glucosa GLUT4, la puerta por la que entra el azúcar, y disminuye dos enzimas clave de la glucólisis, la hexoquinasa 2 (HK2) y la fosfofructoquinasa 1 (PFK1). Con menos glucosa entrando y menos capacidad para procesarla, baja el piruvato y se frena la producción de materia prima para crecer. En tumores de ovario en ratones, un análisis de proteínas mostró que el fármaco desordena el ciclo de Krebs y el metabolismo del propanoato, y el crecimiento tumoral se redujo en un 61,5 %.

Los tumores crecen gracias a una red de vasos sanguíneos que ellos mismos promueven mediante una señal llamada VEGF. En modelos de glioblastoma y cáncer de pulmón, la ivermectina reduce el VEGF e impide que las células endoteliales formen nuevos capilares. A la falta de energía interna se suma entonces un bloqueo externo al llegar menos oxígeno y menos alimento al tejido tumoral. Además, la sobrecarga del retículo endoplasmático, la fábrica de proteínas de la célula, activa señales de estrés (ATF4 y DDIT3) que empujan hacia la autodestrucción.

Toda esta crisis energética y oxidativa converge en un mismo punto llamado el eje PI3K/Akt/mTOR, el gran interruptor que ordena a la célula crecer y fabricar. La ivermectina lo apaga en varios tipos de cáncer. En el de mama, por ejemplo, provoca la degradación de la quinasa PAK1, lo que reduce la activación de Akt. Sin mTOR activo, la célula entra en autofagia, un proceso en el que empieza a digerir sus propios componentes. Los marcadores lo delatan: aumentan LC3-II y Beclin-1, y se consume la proteína p62. Si el daño persiste, la célula cruza el punto de no retorno y activa la apoptosis, la muerte celular programada, mediante Bax, la liberación de citocromo c y las caspasas 9 y 3.

Quizá la faceta más prometedora de la ivermectina no sea actuar sola, sino potenciar a los tratamientos que ya existen. Uno de los grandes problemas de la oncología es la resistencia tumoral a la quimioterapia. En los modelos de laboratorio, la ivermectina desarma varios mecanismos de resistencia tumoral.

Muchas células tumorales resisten a los taxanos, como el paclitaxel y el docetaxel, porque fabrican en exceso una bomba de expulsión llamada glicoproteína P (P-gp). Esta bomba saca el fármaco de la célula antes de que pueda actuar. La ivermectina no se limita a taparla: se une al receptor EGFR y corta la cadena de señales EGFR/ERK/Akt/NF-κB que ordena fabricar la bomba. En células de cáncer de pulmón A549 expuestas durante largo tiempo a paclitaxel, añadir ivermectina (3 µM) impidió por completo que aparecieran niveles altos de P-gp. El quimioterápico pudo así acumularse dentro de la célula y hacer su trabajo.

El cisplatino y el carboplatino fallan por otras razones: las células reparan el daño en su ADN y refuerzan sus vías de supervivencia, sobre todo Akt/mTOR. Aquí vuelve a aparecer la ivermectina, que apaga ese eje y deja a la célula sin energía para reparar el ADN o para alimentar sus bombas de defensa. En ratones con cáncer de ovario, la combinación de cisplatino con ivermectina revirtió el crecimiento tumoral sin añadir toxicidad apreciable. En esferoides tridimensionales de cáncer de ovario seroso de alto grado, resistentes al tratamiento, la ivermectina sumó eficacia al paclitaxel y al carboplatino. Algo similar se ha visto con docetaxel en cáncer de mama y próstata, y con gemcitabina y metformina, que intensifican el bloqueo de Akt/mTOR/STAT3.

La tercera alianza es con la inmunoterapia. Los tumores cancerígenos son “FRIOS” pasan inadvertidos para las defensas del cuerpo y por eso no responden a los inhibidores de puntos de control como el pembrolizumab. En un modelo de cáncer de mama triple negativo en ratones, un equipo del City of Hope observó que la ivermectina provocaba una muerte celular «inmunogénica», es decir, visible para el sistema inmune, y atraía linfocitos T al tumor. Combinada con un anti-PD-1, logró la regresión completa en 6 de 15 ratones, frente a 1 de 10 con el anti-PD-1 solo. La lógica de fondo es atractiva porque la ivermectina debilita al tumor desde dentro, quitándole energía y defensas, y deja el camino libre para que la quimioterapia o el sistema inmune terminen el trabajo.

El estudio más avanzado se realiza en el Cedars-Sinai Medical Center de Los Ángeles, con la doctora Yuan Yuan como investigadora principal. Es un ensayo de fase I/II que combina ivermectina oral con los inmunoterápicos balstilimab o pembrolizumab en mujeres con cáncer de mama triple negativo metastásico, uno de los subtipos más agresivos y con menos opciones de tratamiento. La ivermectina se toma durante tres días seguidos, tres veces en cada ciclo de 21 días. El estudio comenzó en octubre de 2023, prevé incluir a 34 pacientes, sigue reclutando y su fecha estimada de finalización primaria es octubre de 2026. Todavía no ha publicado resultados.

Un segundo ensayo, llamado ICONIC, fue registrado en marzo de 2026 por la Universidad de Florida. Es un estudio de fase II, aleatorizado, que comparará una dosis intermedia y una dosis alta de ivermectina combinadas con inmunoterapia en 80 adultos con tumores sólidos. Su inicio estaba previsto para septiembre de 2026 y, en su última actualización.

En este 2026, el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos (NCI) anunció nuevos estudios preclínicos para evaluar con más rigor las propiedades anticancerígenas del fármaco.

Es importante aclarar que la ivermectina no distingue a la célula sana de la tumoral al entrar; la diferencia está en cómo cada una soporta su efecto. La célula cancerosa funciona al límite porque consume energía sin pausa, arrastra un estrés oxidativo elevado y depende de vías de supervivencia hiperactivas, como Akt/mTOR o PAK1. Cuando la ivermectina interrumpe su suministro energético y desequilibra su estado redox, no tiene margen para compensar y colapsa. La célula sana, en cambio, cuenta con reservas energéticas, flexibilidad metabólica y defensas antioxidantes intactas, que le permiten absorber el golpe y recuperarse.

Finalmente aunque la ciencia marque el camino y los laboratorios busquen respuestas, la verdadera medicina nace del corazón, mucho dependerá de nuestra sensibilidad, de un profundo amor al prójimo y de la determinación absoluta de priorizar el alivio del sufrimiento humano por encima de cualquier beneficio económico. La ivermectina esta haciendo su trabajo, ahora falta el nuestro.

(*) MV, MSC, PhD h.c.

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