Por Melih Sezer / Ser extranjero en el Perú y las enseñanzas del Sumaq Kawsay

Melih Sezer

Cuando uno llega como extranjero a un país, lo primero que aprende no es el idioma. Lo primero que aprende es cuánto vale pertenecer a un lugar. Puede que no haya nacido en esta tierra, pero soy uno más de los suyos.

Quien se aleja del territorio donde nació y creció lo sabe bien: caminando por una ciudad nueva, no se termina de entender del todo lo que la gente conversa alrededor. Son sonidos que llegan como un murmullo extraño, sin sentido claro todavía. En los mercados aparecen productos distintos, en las calles carteles que no se reconocen. Las fiestas, las costumbres, las bromas, los hábitos de todos los días, todo resulta ajeno al principio. Y después de un tiempo, uno empieza a hacerse la misma pregunta: ¿dónde queda, exactamente, eso que llamamos hogar?

Hace años, cuando llegué al Perú, yo también andaba buscando esa respuesta. Mientras intentaba conocer una cultura nueva, empecé a descubrir no solo lo que nos separaba, sino sobre todo lo que nos hacía iguales. La preocupación de una madre por su hijo, los sueños de un padre para su familia, la búsqueda de amistad, la hospitalidad, las ganas de ayudarse los unos a los otros: eso no cambiaba de un continente a otro.

Pero el Perú no me presentó solamente a una sociedad nueva. Me acercó también a una sabiduría que los Andes cargan desde hace siglos: el Sumaq Kawsay. Fue como si América Latina se convirtiera, ante mis ojos, en un planeta completamente distinto.

El Sumaq Kawsay, que en quechua significa «buen vivir» o «vida hermosa», le hace al mundo moderno una crítica silenciosa pero contundente. Se nos repite todo el tiempo que hay que ganar más, consumir más, tener más. Y sin embargo el Sumaq Kawsay pregunta otra cosa: ¿de verdad tener más significa vivir mejor? ¿No es suficiente ya lo que le hemos quitado a la naturaleza? ¿De dónde sale tanta hambre de nunca tener bastante?

La respuesta de los pueblos andinos es clara: solo se vive verdaderamente bien cuando hay armonía con la naturaleza, con la sociedad y con la propia conciencia. Frente al «que gane yo, lo demás no importa», el bien lo bueno de verdad se construye produciendo juntos, compartiendo juntos, creciendo juntos. Y en el fondo, todas las religiones del cielo le piden a la humanidad prácticamente lo mismo.

Como extranjero, he visto las huellas de esta idea en muchos rincones de la vida diaria peruana. El peso que se le da a la familia, la relación con el vecino, la costumbre de compartir, el respeto por la naturaleza: todo eso me ha recordado que la felicidad no se mide solo con cifras económicas. Aquí la gente es amable y está siempre lista para querer al otro. No exagero si digo que la cultura andina ha sabido, en buena parte, mantener a raya lo peor del ser humano.

Quizás ser extranjero da una ventaja que no se aprecia hasta que se vive: enseña a mirar la propia sociedad desde afuera, y a acercarse a las demás sin prejuicios. Cuanto más vive uno entre culturas distintas, más se da cuenta de que en el fondo todos perseguimos la misma búsqueda: una vida que tenga sentido. El Sumaq Kawsay es, en ese sentido, casi un manual de vida: entrega las claves de cómo ser una buena persona.

El mundo cambia hoy a toda velocidad. La tecnología avanza, las ciudades crecen, la competencia económica se afila. Pero junto con eso crecen también la soledad, el estrés, los problemas del planeta. Tal vez por eso el ser humano de hoy no necesita solamente tecnología nueva, sino también sabidurías antiguas. La tecnología da una felicidad que dura poco. ¿Y el resto de la vida?

El Sumaq Kawsay nos recuerda que el buen vivir no tiene que ver únicamente con el éxito individual. El buen vivir es pensar en el vecino, respetar la naturaleza, saber compartir, valorar los vínculos humanos. El Perú me enseñó a amar sin esperar nada a cambio. Me enseñó a vivir para los demás. Y hoy entiendo mejor que esa sabiduría del pueblo peruano le debe mucho al Sumaq Kawsay.

Esta es, quizás, la lección más importante que aprendí como extranjero en el Perú: a veces, cuando uno se aleja de su propio país, se acerca más a la humanidad entera. Y cuando se convive con culturas distintas, los valores que todos compartimos se ven con más claridad.

Puede que el hogar no sea solamente la tierra donde nacimos, ni una casa con puerta, techo y paredes. A veces el hogar es el lugar donde nos sentimos comprendidos, donde descubrimos que la historia humana es una sola, y donde creemos que vivir bien, juntos, todavía es posible.

Y eso es, precisamente, lo que el Sumaq Kawsay esa sabiduría antigua de los Andes me enseñó: que el buen vivir no está en tener más, sino en poder vivir en armonía con los demás, con la naturaleza y con nuestra propia conciencia. Y también, sobre todo, en saber amar a lo que tiene vida, sin esperar nada de vuelta.

(*) Desde Lima – Peru. [email protected]

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