Por Bruno de Ayala Bellido / Chavín de Huántar: ¿y dónde está el “villano” de una historia mal contada?

Por: Bruno de Ayala Bellido

Me tomé mi tiempo para ver la película de la que todos hablan: “Chavín de Huántar: El rescate del siglo”. Una obra cargada de nacionalismo, un intento valioso del sector privado por recuperar una historia que nunca se enseña en los colegios. Será por eso que vi tantas butacas ocupadas por estudiantes, enviados por padres y maestros, tal vez con la ilusión de que entiendan un episodio que marcó al Perú.

Como producto cinematográfico, la película funciona: entretiene, emociona y es comercialmente rentable. Pero asumirla como referencia histórica o como relato completo de lo ocurrido en la residencia del embajador japonés sería un error monumental. Es narrativa, no documento. Cumple con lo que debe cumplir una película: hacer caja.

Quienes fuimos jóvenes durante los años oscuros del terrorismo —cuando Sendero Luminoso y el MRTA pretendieron dinamitar el país— sabemos qué se vivió. Sabemos del miedo, del olor a pólvora, del país paralizado y del comunismo maoísta acercándose peligrosamente al poder. Y también sabemos que, nos guste o no reconocerlo, la llegada de Alberto Fujimori —sí, ese villano cuidadosamente borrado de la película— cambió el destino del Perú.

No mencionarlo, como hace la cinta, no es casualidad: es mezquindad política.

Más grave aún es la misteriosa desaparición de Vladimiro Montesinos, “EL KRAKEN” el hombre clave del Servicio de Inteligencia Nacional, el cerebro operativo en tiempos en que el Estado recuperó control territorial. Y el Cardenal Juan Luis Cipriani, reducido a un cameo irrelevante, cuando tuvo participación diplomática real y decisiva.

Esto no es una omisión: es una concesión. Una genuflexión a los sectores caviares, a los comités de derechos humanos —tan selectivos a la hora de hablar de víctimas— y a las viudas ideológicas de los terroristas que casi nos convierten en Cuba o Venezuela antes de tiempo.

No soy crítico de cine, ni pretendo serlo. Pero sí soy un observador de nuestra historia, y me preocupa que esta película se convierta en la única fuente de memoria para la generación Z, cuya lectura promedio es la mitad de un titular y cuya investigación histórica se resume en TikTok.

Si seguimos así, veremos cómo una versión edulcorada se convierte en verdad oficial, relegando al rincón más frío del olvido a personajes clave —incómodos, polémicos, imperfectos, sí— pero decisivos: Fujimori, Montesinos y Cipriani.

Afortunadamente, al menos hubo algo correcto: los terroristas fueron llamados terroristas, y no “combatientes”, “idealistas” o “guerrilleros”, como exige el relato de izquierda. Y gracias a Dios, no se humanizó a quienes jamás mostraron humanidad.

Eso se agradece.

La exaltación del Comandante Juan Valer merece aplausos. Un héroe rotundo, un peruano que demostró que el valor no es discurso, es acción. Su figura —junto a la operación Chavín de Huántar— demuestra que este país es más grande que las ideologías y más fuerte que los discursos cobardes.

Pero la historia —la auténtica— no puede reducirse a una estética hollywoodense ni a un guion políticamente higienizado.

Porque cuando un relato incompleto se convierte en verdad absoluta, dejamos de respetar no solo la memoria: dejamos de respetar al Perú.

(*) Analista Internacional

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