Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**)
Francia, cuna de la razón, parece desde hace muchos años un laboratorio de rebeldía anticientífica. Jean-Paul Oury lo dice sin rodeos en una entrevista a Atlantico.fr, “el gobierno francés llora lágrimas de cocodrilo tras años de alimentar una cultura de protesta”. La misma cultura que introdujo en 2004 el malhadado “principio precautorio” en su Constitución (Art. 5 de la Carta del Medio Ambiente, que goza de jerarquía constitucional). Dicho principio establece que “la falta de certeza científica absoluta no debe ser razón para posponer medidas eficaces para prevenir daños graves o irreversibles”.
Los esfuerzos del presidente Sarkozy en 2007 para eliminar ese artículo de la Constitución, por considerarlo “un freno al crecimiento”, fueron en vano. El activismo ecologista se había apoderado de todo el espectro político. Curiosamente, los peruanos también hemos adoptado el mismo principio “precautorio”. Cuando todos estábamos ocupados en nuestras cosas, las ONG lograron ponerlo en la Ley General del Ambiente, Ley 28611.
Jean-Paul Oury va aún más lejos en esa entrevista. Reconoce que desde hace 50 años “el sistema educativo francés ha reforzado esa cultura de la protesta formando un número pletórico de estudiantes en las humanidades sabiendo que estas son las cabezas pensantes (claramente un oxímoron) del activismo anticientífico”. Es así como Europa empezó a exportar contestatarios y ONG, y Francia se coronó como su reina.
Nada se salvó: transgénicos, energía nuclear, glifosato, antenas 5G: los tótems del progreso tecnológico son derribados uno por uno no por hechos o datos científicos, sino por el “agitprop” de las ONG que Oury desenmascara muy bien en “Greta mató a Einstein” (2020). ¿Sus armas? La emoción, la indignación, el dogma de que solo lo natural es bueno, la tortura de un sentido de culpa colectivo que nos empuja a odiar el progreso.
Casi sin darnos cuenta los activistas contestatarios nos han convencido, en contra de toda racionalidad y sentido común, que las innovaciones que no tengan la etiqueta de “natural” deben prohibirse. El ambientalismo se ha apoderado por asalto del concepto de lo natural e intenta imponer solo aquellas soluciones innovadoras que se acomoden a su particular visión dogmática de la naturaleza.
La entrevista a Oury nos presenta un escenario muy preocupante. Uno en el que los logros de la revolución científica y tecnológica son ignorados y olvidados por la opinión pública mundial y por entidades de gobierno de manera complaciente. El MIDAGRI en nuestro país, propone volver a antiguos modos de producción menos eficientes y que le demos la espalda a los últimos avances de la genética (i.e. organismos modificados y editados genéticamente). Europa, la cuna del Renacimiento y la Ilustración es ahora un avispero de activismo anticientífico que no debemos imitar y mucho menos escuchar.
George Orwell en su fábula mordaz sobre el gobierno soviético “La Rebelión en la Granja” narra cómo un grupo de animales en una granja expulsa a los humanos tiranos, crean un sistema de gobierno propio y terminan bajo la tiranía brutal de un cerdo. En nuestra sociedad, la razón y la ciencia han sido expulsados del discurso público por el activismo ambientalista que se ha convertido en el statu quo. Sus activistas se basan en los anuncios cada vez más catastróficos del IPCC para imaginar nuevas prohibiciones. Al igual que en la novela, siempre habrá un Napoleón aspirante a dictador que terminará expulsando a Snowball.
Pero el daño no se limita a lo ambiental. El activismo wokista ha asumido nuevas formas de coacción en el discurso de las ideas. Enlistados en una nueva policía del lenguaje cancelan todo lo que se opone a la nueva narrativa. Esa represión totalitaria va ahora más allá de las redes sociales y parece que ha entrado también a la academia. Cualquier pregunta o tema no políticamente correcto es considerado inmediatamente un insulto y es ahogado en un mar de comunicados cada uno más ofendido que el otro. La emoción como argumento. La indignación como réplica.
Depende de nosotros si, como los granjeros vecinos a la Granja Animal, terminamos felicitando a Napoleón por el éxito de la granja o si decidimos dar la pelea en la batalla cultural. En las palabras de Daniel Ogden (Universidad de Uppsala), “…George Orwell nos ofrece el camino cuando habla del papel liberador de la ciencia y tecnología ante cualquier intento totalitario de pensamiento único…”.
En su novela 1984 Orwell apunta a la ciencia como la primera línea de defensa contra cualquier totalitarismo. Y si antes todo se resumía en la simple ecuación dos más dos es cuatro y no cinco, ahora podemos añadir que los hombres y las mujeres no nacemos como libros en blanco y que todas nuestras diferencias de comportamiento no son solo culturales sino también el resultado de las fuerzas de la evolución. Es que muchos biólogos parecen olvidar que la evolución no se detuvo en la base del cráneo.
Es así como la sicología evolutiva estudia y explora cómo los comportamientos humanos -estrategias de apareamiento, crianza, cooperación, agresión y un largo etc.- pueden entenderse como adaptaciones moldeadas por las fuerzas de la selección natural.
Orwell nos dio la ecuación: dos más dos no es cinco, y ningún dogma lo cambiará. El ambientalismo como la nueva religión urbana (Michael Crichton dixit) es una premisa ilógica que inexorablemente está destinada a colapsar. Pero no esperemos sentados: si la comunidad científica peruana no despierta, los cerdos seguirán mandando. La granja no aguanta más rebeldes.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República



