Ricardo Sánchez Serra
Cada año, en el Callao, frente al monumento de Lídice junto a la Fortaleza del Real Felipe, se realiza un acto solemne que nos recuerda una de las tragedias más atroces de la historia: la masacre de Lídice, perpetrada el 10 de junio de 1942. En represalia por la muerte de Reinhard Heydrich -uno de los arquitectos de la Solución Final- los nazis asesinaron a más de 300 personas, entre ellas 88 niños, y borraron del mapa todo un pueblo. Fue un crimen que simboliza el rostro más cruel del nazismo.
El monumento a Lídice en el Callao, inaugurado en junio de 1943 gracias al esfuerzo de la comunidad checa y con la presencia del presidente Manuel Prado, es uno de los primeros en el mundo en rendir homenaje a las víctimas. Recuperado y restaurado en 2016, este espacio se ha convertido en un símbolo de memoria y resistencia, donde cada año la Embajada de la República Checa y su Consulado Honorario convocan a recordar y a orar por las víctimas del horror.
La conmemoración de este 84.º aniversario no es un ritual vacío: es una lección viva para los peruanos. Nos recuerda que el nazismo fue destructivo, inhumano y genocida, y que su ideología debe ser condenada siempre, en el Perú y en el mundo. El acto de memoria es también un acto de pedagogía: sensibiliza a las nuevas generaciones sobre la necesidad de defender la dignidad humana frente a cualquier forma de odio.
El nazismo no solo destruyó pueblos enteros, sino que intentó aniquilar culturas, borrar identidades y sembrar el miedo como forma de control. Por eso, cada conmemoración de Lídice es también un llamado a rechazar el neonazismo y toda ideología que promueva discriminación, violencia o intolerancia. El Perú, país de diversidad y mestizaje, no puede permitir que tales expresiones encuentren espacio en nuestra sociedad.
La Embajada Checa merece reconocimiento por mantener viva esta memoria y por recordarnos que la historia no debe olvidarse. El monumento de Lídice en el Callao es un faro que ilumina la conciencia colectiva: nos enseña que el sufrimiento humano no puede repetirse y que la memoria es la mejor defensa contra el olvido.
Como dijo Elie Wiesel, sobreviviente del Holocausto: “Olvidar a los muertos sería como matarlos por segunda vez.” Y como afirmó Primo Levi: “Ocurrió, por consiguiente, puede volver a ocurrir.” Estas frases deben resonar en cada acto conmemorativo, porque la memoria no es solo recuerdo: es advertencia y compromiso.
Hoy, más que nunca, debemos orar por las víctimas de Lídice y por todas las víctimas del nazismo. Debemos reafirmar que la verdadera esencia de la humanidad es la solidaridad, la tolerancia y el respeto mutuo. Que nunca más se repita el horror, y que cada generación sepa que la memoria es un deber moral.
(*) Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”




