Por César Gallo Lale / Si el Perú buscaba un cambio, ya eligió ese cambio

César David Gallo Lale

La frase política que podría resumir el actual momento peruano es tan sencilla como profunda: si el pueblo peruano ha decidido cambiar el rumbo de la nación, nada podrá impedir que ese cambio se exprese en las urnas.

Sin embargo, más allá de la fe, creo que existe una alta probabilidad de que Keiko Fujimori sea la presidenta que el Perú necesita. Y ello se debe tanto a los planes de la providencia como a una realidad elemental: en aritmética pura, dos más dos son cuatro.

A lo largo de nuestra historia, los peruanos hemos demostrado una extraordinaria capacidad para soportar crisis, decepciones y promesas incumplidas. Pero también hemos demostrado que existe un límite para la paciencia colectiva. Cuando una sociedad percibe que la inseguridad crece, que la economía se debilita, que las instituciones pierden credibilidad y que la clase política parece más preocupada por sus propios intereses que por el bienestar nacional, comienzan a surgir alternativas.

Muchos ciudadanos sienten hoy que el Perú atraviesa precisamente ese momento. La población observa con preocupación el avance de la delincuencia, la falta de oportunidades, la polarización política y la persistencia de una crisis institucional que parece no tener fin. Como consecuencia, una parte importante del electorado empieza a inclinarse hacia opciones que representan orden, estabilidad y sensatez.

En ese contexto, la figura de Keiko Fujimori continúa ocupando un lugar central en la política peruana. Sus partidarios sostienen que representa la posibilidad de recuperar la autoridad del Estado, reactivar la economía y enfrentar con firmeza los problemas que afectan a la población. Sus detractores, por supuesto, mantienen profundas discrepancias y cuestionamientos. Sin embargo, incluso ellos reconocen que sigue siendo una de las figuras políticas más influyentes del país.

Si observamos las tendencias políticas de los últimos años, resulta evidente que existe un sector considerable de peruanos que busca un cambio de dirección respecto de los gobiernos recientes. Y cuando una necesidad social se convierte en una aspiración compartida por millones de ciudadanos, esa fuerza adquiere una dimensión difícil de ignorar.

Algunos dirán que la política es impredecible. Y es verdad: las campañas cambian, ocurren acontecimientos inesperados y los electores tienen siempre la última palabra. Pero también es cierto que existen momentos históricos en los que las corrientes de opinión parecen confluir hacia un mismo objetivo.

Los peruanos deciden en las urnas. Evalúan trayectorias, propuestas y capacidades, y determinan con su voto qué camino debe seguir la República. Quienes respaldan a Keiko Fujimori consideran que el país se encuentra ante una coyuntura similar a otras etapas de la historia nacional: un momento en el que una mayoría silenciosa busca estabilidad, crecimiento económico y autoridad frente al caos.

Por ello sostienen que, si el sentimiento predominante en la ciudadanía es la necesidad de un cambio de rumbo, y si ese sentimiento se mantuvo hasta el día de la elección, entonces la victoria de Keiko Fujimori será la consecuencia natural de esa decisión colectiva.

Al final, como ocurre siempre en democracia, no serán los analistas, los medios ni las encuestas quienes pronuncien el veredicto definitivo. Será el pueblo peruano. Y cuando el pueblo habla en las urnas sin fraude, la historia toma el camino que la nación ha elegido para sí misma.

La matemática electoral en el Perú no es una ciencia exacta, sino un electrocardiograma. Mientras escribo estas líneas, los resultados oficiales de la ONPE muestran a Keiko Fujimori disputando el primer lugar por una diferencia mínima frente a Roberto Sánchez, reviviendo los recuerdos de las ajustadas definiciones electorales de 2016 y 2021. Si esa ventaja se mantiene a su favor, se cumplirá la premisa: dos más dos habrán sumado cuatro. Sin embargo, con más de 1,600 actas observadas aún pendientes de resolución por parte de los jurados electorales especiales, la moneda sigue en el aire. Nada está definido hasta que se cuente el último voto. Dios dirá. El resultado final aún pertenece al futuro.

Aun con este resultado, consideramos que se avecinan momentos críticos en distintos frentes. Por ello, las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional deben contar con los planes adecuados para preservar el orden público ante eventuales protestas o actos de violencia que pudieran producirse en el territorio nacional. Asimismo, deberán mantenerse vigilantes frente a cualquier injerencia externa que pretenda afectar los intereses del Perú o alterar la estabilidad democrática del país.

¡Fraude, comunismo y terrorismo nunca más en el Perú!

(*) Teniente General FAP en retiro

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