Por Boris Diaz Quiñonez / Quo Vadis, señor presidente

Por Boris Diaz Quiñonez

A menos de treinta días de iniciarse una nueva administración en nuestro país, reconforta saber que se han aliviado las carencias salariales de nuestras Fuerzas Armadas y Policía Nacional, instituciones que enfrentaron el caos y el terror desde los años ochenta. Aquel caldo de cultivo, alimentado por ideologías trasnochadas, hordas subversivas y vorágines terroristas, se vio agravado por la prostitución política y una corrupción casi endémica, que hasta hoy permanece consentida e impune.

Desde el 16 de abril de 1994 tuve la oportunidad de alzar mi voz en distintos escenarios, reclamando que el personal de mi Ejército fuera restañado en sus huellas físicas, psicológicas y económicas. Fueron años de familias separadas, extrañadas y atormentadas en todo el territorio nacional, con secuelas que aún persisten. Cumplimos la tarea en lo posible, pero queda mucho por hacer.

Señor Presidente, a pesar de las justas nivelaciones económicas, los nosocomios militares atraviesan una crítica situación, reflejo de direcciones cuasi cleptómanas e impunes que también alcanzaron los fondos de pensiones. Una muestra dolorosa es la cooperativa Alas Peruanas, donde viudas y ancianos mendigan la devolución de lo que por derecho les corresponde.

En esa inequidad se hallan también unos 600 ex oficiales de la tercera edad, que por decenios exigen justicia y equidad, tan vitales como una transfusión oportuna en el otoño de sus vidas. El capitán EP (r) Federico Koester Sáenz conduce este justo reclamo, congregando a un grupo de oficiales que, con paciencia casi bíblica, siguen esperando sus pensiones y derechos hospitalarios. La arbitrariedad, la indiferencia y la burocracia de las instituciones a las que juramos lealtad han impedido su justa reivindicación.

No se pide una dádiva, señor presidente. Se reclaman derechos adquiridos desde 1968 y 1972, cuando muchos profesionales fueron retirados tempranamente. Hoy seguimos contribuyendo a la sociedad con ética, honestidad y patriotismo, valores forjados en nuestras escuelas de formación, pero aún sin derechos hospitalarios.

El partido, como en el fútbol, aún no termina. Está en sus manos, señor presidente, atender con justicia y prontitud esta deuda histórica. Porque la grandeza de un país no se mide solo en cifras económicas, sino en la dignidad con que trata a quienes lo defendieron.

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