Luis De Stefano Beltrán (*) y Ernesto Bustamante (**)
La reciente propuesta del Ministerio de Educación sobre lineamientos de disciplina escolar, actualmente sometida a un período de consulta pública, ha reavivado el debate entre quienes defienden el orden tradicional y quienes advierten que este puede restringir la libre expresión estudiantil.
Algunas corrientes pedagógicas contemporáneas —progresistas les dicen— conceden tanta importancia a la autonomía y la autoexpresión estudiantil que tienden a cuestionar las formas tradicionales de disciplina y autoridad, y buscan reducir las reglas externas, en especial las relativas a la apariencia y la conducta. Parten de una confianza excesiva en que niños y adolescentes, con poca estructura y amplia libertad, desarrollarán por sí solos autorregulación, juicio crítico y responsabilidad cívica, una visión cercana a la que Steven Pinker critica en La tabla rasa. Sus defensores suelen invocar los derechos del niño, el desarrollo socioemocional, la reducción de arbitrariedades y la preparación para una sociedad abierta.
Sin embargo, esta perspectiva suele ignorar que gran parte de nuestra psicología social y del desarrollo —incluida la adolescencia— se configuró durante cientos de miles de años en entornos muy distintos de las sociedades surgidas en los últimos dos siglos. Ese desajuste evolutivo hace especialmente valiosa cierta estructura externa durante la infancia y la adolescencia.
Durante gran parte de nuestra historia evolutiva —el Paleolítico y períodos anteriores—, los seres humanos vivieron en bandas de unas pocas decenas de integrantes, insertas en redes sociales más amplias. El llamado número de Dunbar, de alrededor de 150 personas, refleja cuántas relaciones estables puede sostener el cerebro mediante el trato directo, la memoria de la reputación y el seguimiento de obligaciones recíprocas. Como casi todos se conocían, las normas se hacían cumplir de manera informal pero eficaz mediante la reputación, el ostracismo, la pérdida de cooperación y el castigo social; en casos extremos, mediante la expulsión o la violencia. Transgredir las reglas tenía consecuencias inmediatas y visibles.
Los adolescentes, sobre todo los varones, competían por estatus, recursos y oportunidades reproductivas. Asumir riesgos, buscar prestigio entre sus pares y poner a prueba los límites cumplía funciones adaptativas, pero ocurría bajo la supervisión de adultos y dentro de grupos con reglas claras, donde la imprudencia extrema podía causar la muerte o la exclusión. El aprendizaje social era principalmente práctico y observacional, en grupos de edades diversas, y no en aulas de 25 a 40 compañeros de la misma edad. En ese contexto, la autorregulación no dependía tanto de una motivación interna abstracta como de poderosos controles externos —la reputación, la presencia de adultos conocidos y las consecuencias rápidas— a los que nuestro cerebro sigue siendo sensible.
En contraste, las sociedades actuales están formadas en gran medida por extraños. Vivimos en ciudades con millones de habitantes, tratamos con personas a las que quizá nunca volvamos a ver y dependemos de instituciones impersonales —leyes, mercados, escuelas y burocracias— para cooperar. De este modo, la reputación individual pierde peso, el castigo informal se debilita y las interacciones carecen del seguimiento continuo propio de las bandas paleolíticas. De ello surgen desajustes importantes para la formación ciudadana.
En espacios que agrupan a adolescentes de la misma edad, como las escuelas, se intensifica la sensibilidad al estatus entre pares y a la exclusión social. Sin límites externos claros, la presión del grupo puede imponerse a las normas de largo plazo. En los entornos ancestrales, los adultos y la comunidad compensaban la inmadurez adolescente. Hoy, debilitada esa estructura, muchos jóvenes quedan expuestos a redes sociales, modas y conductas de riesgo con escaso costo inmediato, estímulos ajenos al contexto en que evolucionaron.
La investigación sobre el desarrollo adolescente muestra que la presencia de compañeros puede incrementar la sensibilidad a las recompensas inmediatas y favorecer determinadas conductas de riesgo. A esto se suma que la escolarización masiva por edades es evolutivamente reciente: reduce el contacto con adultos y jóvenes de otras edades, mientras refuerza la influencia de la cultura de pares. Por ello, las reglas explícitas y su aplicación consistente son más necesarias, no menos.
Nuestro cerebro, moldeado en parte por la vida en comunidades pequeñas, puede encontrar dificultades para autorregularse en entornos caracterizados por el anonimato, la escasa supervisión y la abundancia de estímulos artificiales. Por eso, las reglas claras durante la infancia y la adolescencia no son una imposición arbitraria ni un vestigio del pasado, sino un andamiaje temporal: reemplazan los controles que antes ejercía la comunidad y ayudan a adquirir autocontrol, reciprocidad, respeto por las normas impersonales y capacidad para distinguir la autoridad legítima del abuso de poder.
Desde esa perspectiva, el debate sobre la propuesta del Minedu no debería reducirse al largo del cabello o de las faldas. Lo decisivo es que las normas sean pocas, claras y razonables, y que se apliquen con consistencia y proporcionalidad, porque una regla que se incumple sin consecuencias enseña lo contrario de lo que pretende. La escuela debe formar a los jóvenes no solo para ejercer sus derechos, sino también para cumplir sus obligaciones y convivir con quienes no conocen.
(*) Biólogo molecular de plantas y profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.
(**) Biólogo molecular y excongresista de la República.




